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El Retorno del Nuevo Sol en la tradición ancestral

   

El punto del recorrido elíptico del solsticio de invierno nos anuncia un nuevo comienzo del fin. Para los que esperan ver retornar al nuevo sol.

En tres segmentos se divide el ciclo anual del planeta que habitamos, como consecuencia de su recorrido de un año alrededor de su estrella, el sol. Entre el 21 de junio y 21 de diciembre dependiendo del hemisferio donde se encuentre, los solsticios de invierno y de verano, marcan los minutos exactos entre el comienzo y fin de cada ciclo de seis meses que conforman cada año.

Desde el 22 de junio de 2018 hasta el 21 de diciembre, el día se hace más largo. Desde el 22 de diciembre hasta el 31 de mayo, el día se hace más corto.

El ser humano hace esa observación desde su nacimiento como individuo y como colectivo. Representando el paso cíclico del tiempo agrupado en días, semanas, meses, años y siglos.

 Estas representaciones se han manifestado desde un tiempo remoto en la temprana observación del nuevo sol.

Innumerables generaciones, observaron el cielo reconociendo el movimiento del planeta, conociendo estrellas siempre en relación al sol, y a los ciclos lunares. En esta relación empírica con el tiempo y los ciclos lunares en relación al “ciclo solar” y el evidente ciclo menstrual, la observación y comprensión vino desde la matriz.

Para Europa empezó el regir el calendario agrícola luni-solar egipcio, en el año 45 de nuestra era, introducido por Julio Cesar al poco tiempo de conquistar Egipto. Era el calendario predominante en el mundo romano, y posteriormente en la mayor parte de Europa y en los asentamientos europeos de América y otros lugares, hasta que fue sustituido progresivamente por uno más moderno, el calendario gregoriano promulgado en 1582 por el Papa Gregorio XIII (fines del siglo XVI, edad moderna e inicio del capitalismo).

Para el hemisferio norte es la última noche de primavera, que es la más corta del año. Y para el hemisferio sur, simultáneamente en ese momento ocurriendo, se despide el otoño ofreciendo la última noche más larga y el día más corto. Los solsticios de verano, celebrados ancestralmente en los rituales de fiestas de verano donde los elementos que se realzan son el agua y el fuego, quienes con su energía vital podrán dar paso, después de la germinación, al tiempo de alumbramientos buena crianza. Y cuidados para la prometida cosecha de verano-otoño que regala el fin de ciclo.

La noche de San Juan en Europa, marca el solsticio de verano para el hemisferio norte, antigua tradición en la que se realizan diferentes actos religiosos y culturales durante la medianoche, el amanecer y la noche de la celebración. El nacimiento del santo, y el del niño Jesús, representan los nacimientos de (los astros) Juan Bautista y Jesús que como entidades pasan a reemplazar al astro sol, en una metáfora humano religiosa que se conserva hasta el presente para muchos habitantes de la tierra.

Así en el hemisferio sur cuando celebramos este fin que da comienzo al pronto nacimiento. La tierra nuestra, nodriza nave tectónica y biológica se ha entregado al reposo absoluto. Ya pasó por la noche más larga, no hay nada que temer porque se ha renovado el ciclo, las semillas en letargo esperan contraídas sumando rayos solares, cada día suma nuevos minutos del calor del sol, que va acumulando. Un sol que junto al frio y la lluvia, hacen que los organismos se reajusten a la nueva temporalidad. Hay menor cantidad de luz es necesario la contención del descanso que ayudará a nutrir desde ese estado de vulnerabilidad al tiempo que el dolor justo y necesario antecede el alumbramiento.

Es la dialéctica planetaria en movimiento para recibir los rayos del astro-sol.  Es que la tierra es nuestra nave que nos permite interactuar con el sistema solar, y por ende con la vía láctea y en consecuencia con el universo. Esta noción tan intima permeada desde su origen por las estrellas y el cosmos del ser humano, es el movimiento que el ser humano lo contemplo desde su conciencia más primigenia, siendo el ritual de la nacida del nuevo sol el más ancestral de todos. Uniendo y conectando Inter conciencia del individuo y su colectivo con el planeta, madre tierra y el cosmos reinado del padre sol. Es el sentido dual, lo binario. El orden que se expresa en un ritmo dialectico. Para nosotros, en el hemisferio sur, cuando se produce el solsticio de invierno, en el hemisferio norte sucede el Solsticio de verano, se prepara la tierra a dar sus frutos y crianzas, fortalecerse ya que se aproxima nuevamente la noche más larga. Momentos propicios para ahuyentar a los malos espíritus y atraer a los buenos, así como librar encantamientos de amor y fertilidad. Cuando en el hemisferio norte se produce el solsticio de invierno, en el hemisferio sur suceder el solsticio de verano y en los andes es tiempo de floreos, wayños, y en la puna la bien hechora lluvia aporta las “nubes de costa” verdeando  pampas y quebradas que alimentarán al ganado de camelidos andinos. Así de manera sincronizada estos comienzos y fines de ciclos desde tiempos  remotos, fortaleciendo costumbres y sentidos, en armonía con la naturaleza.